sábado, 17 de junio de 2017

A confesión de partes...


Por Daniel Link para Perfil

El torcido proceso de nombramiento de directores de Museos Nacionales siguió impertérrito su curso, pese a las impugnaciones en varios casos puntuales, como el Museo Casa Ricardo Rojas. La ganadora, Sra. María Laura Mendoza, fue colocada en la terna de los mejores calificados para ocupar ese sitio por un jurado integrado por el Sr. Gonzalo Aguilar, la Sra. Teresa Anchorena y el Sr. Américo Castilla.
Luego el ministro, Sr. Pablo Avelluto, no tuvo sino que elegir a la candidata que a él más lo entusiasmaba desde el comienzo del proceso (que se suponía anónimo) por sobre los otros dos ternados, que estaban allí sólo para legitimar un trámite inverosímil.
La elección sorprendió a la comunidad filológica y museológica, porque la Casa Ricardo Rojas es un lugar muy específico, con tareas que requieren de un fluido dominio sobre la obra del fundador de la literatura argentina y de su pedagogía, latinoamericanista, folclorista notable y cultor del criollismo. Los títulos y antecedentes más importantes de la Sra. Mendoza son un doctorado en Ocio (Universidad de Deusto) y docencia en Marketing del Patrimonio en la UBA.
Mucho más consciente de sus limitaciones para ocupar el cargo para el cual el Jurado que la evaluó le otorgó una calificación tan descollante, la Sra. Mendoza salió a buscar un bacheo de saberes como para disimular un poco la arbitrariedad de su nombramiento.
La mala suerte o su ignorancia la llevaron a golpear la puerta de la Maestría en Estudios Literarios Latinoamericanos con sede en UNTREF, donde trabajan conocedores en profundidad de la obra de Ricardo Rojas e, incluso, uno de sus competidores en el sospechado concurso que ganó. A ella no le interesaba aprobar los cursos (“yo soy Doctora”) sino escuchar las clases. “Yo no sé nada de literatura”, dijo. “Nada de nada”, repitió ante la perplejidad del secretario académico de la Maestría a quien le pedía consejo.



jueves, 15 de junio de 2017

Ana no duerme



Lo que vendrá




domingo, 11 de junio de 2017

A la maestra, con gratitud

Al maestro con cariño
 
por María Moreno para RadarLibros
 
En La lectura: una vida… (Ampersand), Daniel Link enhebra las etapas del lector con las del niño que aprende, el maestro que inicia, el profesor que transmite, todas figuras de una experiencia múltiple en la que primero se descubren los libros y luego se los dará a leer y se los pondrá a circular. El texto que aquí se reproduce fue escrito especialmente por María Moreno para la presentación de La lectura: una vida… en la reciente Feria del Libro.
 
El autor de La lectura: una vida… no quiere separar en lo que llama una vida, al profesor del maestro, al trabajador del escritor y al escritor del lector; cuenta qué ha leído en lo que ha leído, bajo el legado de lo que leyeron otros y, mientras, da de leer incluso lo que otros leyeron en lo que leyeron. Eso es sostener el voto de la lectura como reanimación de un texto, bajo el llamado del presente.  La lectura: una vida... se escribe con puntos suspensivos indicando tal vez que la vida continua con la lectura o que la vida como lectura establece una prórroga para la muerte, es tan basta la biblioteca del mundo que siempre habrá que mantener con vida el cuerpo para sostener esos puntos suspensivos: un libro más. Pero el lector nunca está solo con el libro. Éste enseña que siempre hay entre los dos, una voz rectora que impide leer de cualquier manera, pero que eso no es una restricción sino un vector de posibilidades para la  perfección de la aventura. La de la señorita Celia, la de María Inés Fernández, la de Beatriz Sarlo, la de Elvira Arnoux, la de Enrique Pezzoni son voces que llegamos a alucinar. 
 
(...)
 
 
 

sábado, 10 de junio de 2017

La ley de la calle


Por Daniel Link para Perfil

En las ciudades civilizadas, cuando uno necesita ir de un punto a otro en auto tiene prácticamente una sola opción, para la cual ya existe un verbo: uberear. UBER ofrece un servicio de altísima calidad, previsible y con un costo que, la mayoría de las veces, equivale a la mitad de lo que un taxi cobraría por el mismo servicio.
El uso es sencillísimo: se elige en el celular el punto de partida y el destino, el auto que uno necesita (para cuántas personas y con cuántos bultos), la calidad del vehículo (normal o lujoso), la calificación del chofer y la música que uno quiere escuchar. Se puede programar un viaje con antelación y no habrá suspensiones. Mientras se espera (no más de tres minutos), se siguen los movimientos del autito cuya patente se conoce en un mapa. Los autos están en impecables condiciones y la ruta no dependerá del capricho del conductor (cuyo nombre también aparece en la aplicación) porque está prefijado.
Al bajarse, basta con decir “que tenga un buen día”, “gracias por el viaje” y, si acaso uno lo considera indicado se puede dejar una propina. Pero nadie la está esperando, nadie hace problemas con el cambio, nadie bufa por el estado del mundo y nadie interfiere con la propia vida. El menor problema puede ser denunciado y uno recibe un crédito inmediato.
En la civilizadísima Lima, un chofer de UBER se quejó (con una simpatía memorable) de las autoridades de la ciudad, porque no señalizaban las calles. El mapa sabía cómo llegar, pero él no tanto.
En la ciudad de Buenos Aires, agobiada por las mafias del asfalto, uberear es casi clandestino, la tarifa que se aplica es “dinámica” (es decir, el viaje puede llegar a costar cualquier cosa) y hay que pagar en efectivo porque el gobierno y la justicia tomaron partido en favor de los mafiosos. Así estamos: condenados a los taxis, ese servicio caduco, la hediondez, las conductas erráticas, el capricho del conductor y sus opiniones fascistas.



martes, 6 de junio de 2017

¿Sos loco o te pica el culo?



sábado, 3 de junio de 2017

Misión imposible

por Daniel Link para Soy

La historia de la literatura escrita por mujeres está por hacerse. Las razones de esa postergación forman parte del mismo dispostivo que ponen a la mujer como negro del mundo: esclavizadas, sometidas a un punto de vista (una Weltanschauung) heternormativo, patriarcal, nihilista (en el peor sentido) y autodestructivo, todo lo que la mujer hace es relegado siempre al cuarto de los trastos que se acumulan sin ton ni son.
Si uno quisiera recordar, por ejemplo, qué mujeres se dedicaron a la sátira, se encontraría con un vacío de nombres. Por supuesto, con gran dificultad podrían incorporarse en esa nómina inestable a Juana Inés de la Cruz, a algunas escritoras del Al-Andaluz medieval (la lirica satirica de Wallada, Nazhun y Muhya al- Qurtubiyya), a Mary Wollstonecraft Shelley (la de Frankenstein), ninguna de ellas con la estatura satírica de un Swift (el de Gulliver) o un Rabelais.
En los guiones de la televisión úlima podrían destacarse los extraordinarios parlamentos de Penny Dreadful, particularmente su última temporada, donde un grupo de prostitutas sublevadas se dedica, contra el módico reclamo de las sufragistas, a asesinar a sus clientes. Para acabar con el mundo y fundarlo sobre nuevas bases.
En el contexto de la literatura argentina, sucede lo mismo (nada hay salvo María Moreno). Y por eso sorprende Cat Power, la novela con la que Cecilia Palmeiro acaba de sacudir la modorra de las letras criollas. La sátira es un género literario que manifiesta indignación ante el estado del mundo, con propósito moralizador. No es habitual que se relacione con un programa de acción política, que por lo general los satíricos dejan para otro momento, que nunca llega.
En contra de esa dilación, Cat Power se cierra con una proclama profundamente queer cuyos puntos, individualmente considerados, podrían objetarse, pero cuya contundencia nos arrastra a niveles de conciencia sobre el presente que hasta ahora no sabíamos que podían sostenerse.
Cat Power cuenta el plan de un gato galáctico, cuya raza se encuentra al borde de una catástrofe estelar, para conquistar la tierra y aniquilar la especie humana, utilizando los mecanismos más eficaces de la sátira (los vicios individuales o colectivos, las locuras, los abusos o las deficiencias de conducta o de carácter narradas a través de hipérboles, ridiculizaciones, con el objetivo de provocar una toma de conciencia y una transformación de la realidad),
El gato (Rorro) toma, como punto de partida la conciencia de Cecilia, pero bien pronto se dará cuenta de la inadecuación de esa conciencia para cumplir con el mandato para el cual fue enviado a la Tierra.
Los viajes se suceden y en todas partes Cecilia y Rorro (por su intermedio) encuentran el vacío de sentido, la explotación y el desamor (en suma, el capitalismo en su forma más triste y más cruel).
Progresivamente van construyendo una trama de relaciones queerificadas, donde lo que importa no es tanto la posición subjetiva (que la novela parece considerar el obstáculo principal no para la libertad, porque esa noción es todavía demasiada humana y está preñada de dificultades, sino para encontrar una salida) sino el devenir cualquier cosa (desde ya, el devenir animal de Cecilia, a través de la manipulación de su conciencia por parte del gato alienígena, pero también el devenir puto, el devenir trans, incluso el devenir chongo, posiciones que va ocupando sucesivamente el cuerpo de Cecilia, con una sola excepción: el devenir lesbiana).
Rorro flaquea y se recupera: si por un lado se pregunta cómo el cuerpo de Cecilia podría brindarle el acceso a los círculos de poder que él necesita dominar telepáticamente para cumplir con su plan, luego descubre que su foco estaba mal colocado. De la inteligencia del macho (sea en la versión extrovertida del eje Trump-Putin o en la versión introvertida a la Macri) no podría esperarse sino más violencia y más desigualdad.
El final encontrará a gatos y humanos unidos en la causa común de las féminas, en la huelga de mujeres, en la constatación de que el poder sólo se dejará conmover cuando la mitad más uno de la humanidad comience a decir que no, orgánicamente.
Como lo esencial en la sátira es que la ironía sea militante, la novela encuentra en una causa que la excede y que, en algún sentido, incluso niega su plan (hacia el final hay una interna gatuna que opone una negatividad, por llamarla de algún modo, dialéctica, todavía hegeliana, a la negatividad propiamente acefálica e inorgánica que sostiene Rorro) su apertura al mundo.
Sabíamos que Cecilia Palmeiro era una extraordinaria lectora de novelas y dueña de una sensibilidad sobre el presente inigualable. Con Cat Power nos demuestra que puede llegar a ser, además, una deslumbrante narradora, que maneja con soltura los tonos y matices de una conciencia, los latigazos de la sátira, la sintaxis desmesurada de la indignación y de la cólera.
Un mundo sin Cat Power, ahora lo sabemos, no vale la pena ser vivido.

 

El amor es más fuerte

Por Daniel Link para Perfil

Ya no disfruta de los viajes como antes. Los disfruta, pero no como antes. Ahora son otra cosa. Le gusta instalarse en barrios que ya conoce (no en ciudades, sino en barrios), hacer casa y comprobar las transformaciones. Por ejemplo, en Chicago para siempre en los alrededores de North Broadway y Hawtorne. Reconoce los negocios, extraña los que cerraron, entra en los nuevos. A dos cuadras tiene una biblioteca pública, pero por lo general se entretiene leyendo los libros qué ha llevado consigo. No sale mucho, apenas si va al centro y a cumplir con las eventuales obligaciones que lo han llevado a cambiar una casa por otra.
¿Qué está leyendo? El regalo de virgo, de Mariano López Seoane, y Cat Power, de Cecilia Palmeiro, dos novelas muy diferentes pero unidas por hilos secretos. El regalo de virgo cuenta un fallido experimento genético de inspiración fascista. Cat Power cuenta una fallida invasión alienígena. Las dos son, en última instancia, fantasías a través de las cuales se busca a gritos el amor. Cada novela, a su manera, lo encuentra y se lo regala a sus personajes en las últimas páginas.
Las dos son novelas un poco queer, y por eso la dificultad del amor (tan poblado de malentendidos) es todavía mayor que en un universo más o menos devoto de las variedades heterosexistas de su aparición. Lo queer puede ser muy cínico en relación con el amor, al que reconoce como un dispositivo de domesticación del deseo y de manipulación social.
Pero que haya amor, parecen decir esas dos novelas que hacen uso de matrices narrativas paranoicas, es la condición de posibilidad (tal vez la única) de cualquier emancipación colectiva, del desmoronamiento de la matriz paranoica de pensamiento o de cualquier superación del narcisismo que constituye el punto de partida de ambos narradores: dejar atrás el ensimismamiento, sobreponerse a las fuerzas autodestructivas del capitalismo, alcanzar niveles de conciencia común y colectiva. De eso se trata el amor, en la perspectiva de El regalo de virgo y de Cat Power. No tanto de la identificación especular con el otro que es el mismo sino de la construcción de una nueva plataforma para la promoción de una vida más justa y más feliz. Una novela encuentra en el devenir planta una salida; la otra, en el devenir animal.
Curiosamente, la primera es una novela carnívora, y la segunda es una novela vegetariana. De modo que, piensa, los distintos devenires suponen modos de colocación diferente respecto de la cadena alimenticia. Levanta la vista en el bar donde está leyendo. Se siente lejos de casa y, al mismo tiempo, muy cerca.
Su casa no es ese país que no cesa de fracasar como tal, arrasado primero por el populismo y después por el neoliberalismo que es su exacta contracara, sino un reino de la imaginación, del que estas novelas le traen gratas noticias.



sábado, 27 de mayo de 2017

La buena educación


por Daniel Link para Perfil

Está en Chicago, donde va a representar a la Argentina en la elección de International Mr. Leather. Su hija está en Los Ángeles, participando de las presentaciones de la temporada televisiva 2017-2018 y comprando las series que más le gustan para el canal de cable para el que ella trabaja. A través de Internet, recuerdan viejos tiempos.
Ella recuerda que él, cuando ella era chica, le dijo que cuando se duchara siempre se lavara primero la cabeza antes del cuerpo, de tal modo que la mugre del pelo fuera lo que primero fluyera hacia abajo. Él no recuerda esa indicación, que le parece lógica, y ella dice que nunca dejó de cumplirla y que lo más probable es que se la transmita a su hija.
Relaciona el asunto con otra imagen conmovedora. Antes de viajar, llegó con cierta anticipación al auditorio donde tenía que hablar ante una numerosa camada de alumnos. Se entretuvo mirando a los chicos y chicas que esperaban para entrar al aula. Le llamó la atención uno que sigue sus clases como oyente, sentado en el suelo, muy correctamente vestido y peinado que, en un momento, porque alguien le pidió algo, sacó la billetera donde tenía muy ordenadas algunas tarjetas (la SUBE, entre ellas) y, lo que más lo sorprendió, billetes.
Él nunca usó billetera y supo de inmediato que no fue por elección sino porque su padre tampoco había usado billetera. Se imaginó a ese chico, mucho más joven que su hija, sentado ante su padre, que le enseñaba cómo ordenar los billetes.
Los dos ejemplos son inocuos (cómo ducharse, cómo usar una billetera) pero lo sumen en una profunda melancolía porque marcan el umbral de la infancia, un antes y después de la inscripción de las leyes, los códigos y los mandamientos en el cuerpo. La máquina familiar talla en el cuerpo inscripciones, signaturas, marcas, transforma la inocencia del niño y de la niña en algo parecido a un trabajo, una condena, un suplicio, un sujeto.
La infancia no es sólo el momento previo al lenguaje, sino también a la sujeción a la Ley. Ése es el único momento de felicidad del individuo, es aquello de lo cual la Ley siente celos y por eso quiere incorporar cuánto antes a los individuos a su soberanía.
Su hija, su hijo y ese otro chico tan prolijo, nacieron antes de nacer a la Ley y él, como pater familias, se siente ahora responsable de haberlos puestos ante el umbral mismo de los mandamientos: “Honra a tus superiores”, “Ordena tus billetes”.


viernes, 26 de mayo de 2017

El nombre impropio


por Daniel Link para Soy


La última vez que la vi a Marianella fue en Ezeiza. Ella llegó tarde a tomar el mismo avión que yo rumbo a Lima, acompañada de su habitual séquito de musculocas. Después no nos vimos más porque yo me dediqué a trabajar mientras ella y sus escoltas (casi escribo escorts) se dejaban “homenajear” en los mejores restaurantes limeños (es decir: del mundo), concurrían con pases gratis a los mejores gimnasios, consumían las mejores drogas andinas, aceptaban con fingidas protestas invitaciones a los mejores hoteles de Cusco y Aguascalientes. Marianella no impugna ni lucha contra la cultura, sino que se dedica a sacarle provecho.
Lo que acabo de contar puede o no ser cierto, pero en todo caso se aplica a un nombre, Marianella, que no coincide con el de Mariano López Seoane, tenaz doctor en Letras cuyo mayor defecto es la precipitación y el arrojo que dedica a realizar las tareas que se le encomiendan, ni con Mariano, el protagonista y narrador de Regalo de virgo (Mansalva, 2017), una novela urdida precisamente alrededor de la imposibilidad del nombre (lo que se llama queer) y de un conjunto de crisis que, en algún sentido, explican esa imposibilidad.
Con Marianella o con Mariano López Seoane se puede discutir. Con Mariano, en cambio, no, porque él es apenas una figura de discurso cuyo rasgo más notable es una prosa que inesperadamente deslumbra, el tratamiento de unos temas que la literatura argentina no suele considerar pertinentes y la acumulación de sentencias que, a lo mejor, a lo mejor, les jóvenes lectores subrayarán como indicaciones para la vida: “El placer se confundía con la sensación de estar recibiendo un exceso de bien” (pág. 39), “La debilidad ante la belleza es una afirmación de la vida, sí; pero hay sobrados ejemplos de que entorpece la lucha por la supervivencia” (pág. 39), “caminaba por entre los soldados como una loca vista mil veces en un boliche de pueblo” (pág. 82).
El tono de Mariano es, efectivamente, sentencioso. No hay párrafo que no contenga un veredicto que, de todos modos, se muestra irrisorio a la luz de las sucesivas crisis que la novela despliega. Hay una crisis, por llamarla de algún modo, local y que lleva el nombre de “crisis energética” (aunque no se expliquen sus causas sino la algarabía snob a la que se llega para resolverla). Hay una crisis global que es el recalentamiento y la desertificación consecuente de los territorios, cuyo efecto más notable es un experimento alemán (casi una tautología) para salvar lo viviente en sí de la ecología apocalíptica que se avecina. Y hay una crisis global-local (si se prefiere: glocal) que la novela nombra como “crisis de las humanidades” y que sirve para explicar el fracaso del experimento científico que ocupa la parte más importante de la trama pero, sobre todo, el lugar incómodo de la interlocución de Regalo de virgo (¿quién podrá escuchar lo que dice?).
En cuanto al estilo, la novela pretende, como antes Flaubert (que escribió ese propósito en 1852) “escribir un libro sobre nada; un libro sin ligadura exterior; un libro casi sin tema o en el cual el tema fuera poco menos que invisible, si esto puede ser. Las obras más hermosas son las que tienen menos materia; (...) Creo que el porvenir del arte está en esa orientación”.
Ni Flaubert ni Mariano aciertan, por razones diferentes, a cumplir del todo ese propósito. El primero porque no pudo dejar de escribir contra una moral odiosa (la moral burguesa). El segundo porque todo momento de repetición supone ya una diferencia en la que, inevitablemente, aparecerá el sentido (es decir el tema que, como queda dicho, en Regalo de virgo es una varia declinación de la noción de crisis, la más existencial de las cuales es la “crisis de mediana edad” que el narrador y protagonista sufre). La “causa” de Mariano es, finalmente, llegar a comprender la futilidad de las cosas a las que, hasta entonces, ha venido entregándose y que, progresivamente, llevan el tono desde una pálida melancolía a un lamento trágico: Mariano, en la novela, y el cuarteto de musculocas del que forma parte, no son “la excepción a esta uniformidad que hubiera fascinado a los fascismos del siglo XX” (pág. 44).
Pero el fascismo del siglo XXI no anida en la hipótesis de una raza mejor o de una movilización total de las potencias humanas por parte del Estado (por otra parte muy ausente en Regalo de virgo), sino en la emancipación de la tontería de todo marco que detenga su avance totalitario: “Pasado el dulce trance nos entregamos a las ternuras del caso. Intercambio de terrones de azúcar. Piropos y tonterías. Bebé. Vos sos mi bebé. No, vos. Amor. Amor bebé. Bebe cachetón. Sos mi bebé te amo. ¿Nos vamos a casar? ¿Quién es mi papi violador? Vamos a estar juntos siempre, siempre. ¿Vamos a viajar no? Hasta podríamos tener un hijo. No, vos sos mi hijo. Soy tu papi, ¿o no?” (pág. 53).
Los saberes que Regalo de virgo maneja son igualmente flaubertianos, y en este punto, la novela recuerda antes a Bouvard y Pécuchet que a La educación sentimental. La loca del relato, que ha sufrido ya la crisis existencial de la mediana edad, viene formada. Pero los saberes que esgrime son tan irrisorios como los de las signaturas astrológicas (que dan nombre a la novela) o las signaturas botánicas, que explican el experimento alemán. Como lo que una crisis produce es la desestabilización de los nombres (y la novela nombra, como queda dicho, cuatro estratos de crisis) de lo que se trata, sobre todas las cosas, es de la busca del propio nombre (López Seoane/ Marianella/ Mariano forman también parte de esa constelación, tanto como Kasia/ Bomba, los nombres alternativos del personaje contraprotagónico de la novela).
No habiendo sentido histórico que explique los pormenores de la trama, ésta sólo puede apoyarse en una dimensión paranoica: “Era posible que (...) el tan temido plan maestro no fuera más que la intención de restablecer el orden cósmico” (83) y una antropología desgarrada entre las potencias de lo celestial (el Olimpo) y lo ultra-terrenal, lo autóctono. Bomba, dice el narrador, “para mí siempre fue un héroe, un semidios, un olímpico, o acaso un compuesto inestable, un explosivo, algo que desciende sobre una vida para conmoverla para siempre.” (pág. 88). El final de la novela, sin embargo, revelará el triunfo de la tierra. La imposibilidad de abandonar el territorio, que al principio parece efecto de malas decisiones administrativas (“Del país no se podía salir y las vacaciones debían planearse en el cuadrilátero hiper-familiar del suelo argentino”, pág. 9), adquirirá el estatuto de principio ontológico.
Es como si la cultura global de la loca, que en la novela es un efecto de la desesperación (“Nosotros queremos seguir nuestras vidas de meros humanos, dedicar nuestras horas al gimnasio, los tratamientos de belleza, las charlas con amigos, la visita ocasional a la discoteca, el shopping, la música pop... Todo lo que hace una vida homosexual más o menos tolerable en estos días.”, pág. 102) encontrara su correlato y al mismo tiempo su límite o su umbral de transformación en los saberes botánicos de Friedrich Schickendantz (Catálogo razonado de las plantas medicinales), Curt Backeberg (Die Cactaceae, 1958-1962; Kakteenlexicon, 1966) y Friedrich Ritter (Kakteen in Südamerika, 1979-1981).
¿Qué tienen en común la loca que conoce las steroid parties (en las que las musculocas heterosexuales u homosexuales se inyectan esteroides mientras se entregan a variaciones ominosas del placer sexual) con los cactólogos alemanes más reconocidos?
Poco, si se quiere, salvo que en un caso y en otro se trata de nombrar lo innombrable (lo abyecto, en un caso; lo desatendido, en el otro: los nombres de Schickendantz, Backeberg y Ritter denominan especies de cactos americanos).
En un caso y en otro, el destino (novelesco, al menos) es el mismo: el cactus “Corona de fuego”, cuyo nombre científico (rebutia senilis) convoca la ancianidad y el destino final de cualquier algarabía: la tierra reseca y el viento que sacude el polvo en el desierto.
Una novela tan compleja como Regalo de virgo (y que por su mismo nombre responde a la lógica del don) debe ser agradecida. A López-Seoane habrá que agradecerle su inteligencia; a Marianella, su mundanidad muchas veces insufrible; a Mariano, tal vez, la delicadeza con la que teje una eterna trenza dorada con los nombres dolorosos del amor, los nombres frívolos de la mundanidad y los nombres de las cualidades sensibles. Les jóvenes lectores (si es que tal especie todavía existe) disfrutarán de esta novela alocada. Y cuando crezcan, querrán leer a Proust, que es la continuidad lógica y necesaria de Regalo de virgo.


sábado, 20 de mayo de 2017

Un guion para Artkino


Por Daniel Link para Perfil

Un intendente dice que si Cristina es candidata, él la va a apoyar. Un intelectual decide que si la Sra. Fernández es candidata él no va a apoyarla. En Brasilia, allanan el despacho de Aécio Neves, quien fue filmado pidiendo un soborno, igual que el presidente Michel Temer, que fue grabado en las mismas circunstancias. El índice Merval cae un 4 % el dólar supera los 16 pesos argentinos de cotización.
En Washington, designan a un fiscal especial para que investigue al actual presidente, Sr. Trump, por su pedido al entonces director del FBI que no investigara las sospechosas conexiones de su ex consejero de seguridad nacional con el gobierno ruso. En Wall Street, el índice Dow Jones se hundió y el dólar se devaluó en relación con el yen y el franco suizo.
Como en el Brexit, en las elecciones de los Estados Unidos, también la inteligencia rusa intervino en la reciente elección en Francia, presuntamente a través de agencias informativas o de empresas de alta tecnología (la agencia noticiosa "Sputnik" y la empresa "Eureka", muy cercana al Ministerio de Defensa). A diferencia de lo que había sucedido con el Comité Nacional del Partido Demócrata, los franceses consiguieron confundir a la Inteligencia rusa, desbaratar el plan y exponer el software ruso utilizado.
En China, el gobierno argentino vuelve a promocionar por tercera vez consecutiva convenios multimillonarios, mientras sigue con preocupación la crisis en Brasil y la tensión en Washington. En Palermo, un guionista se pone a escribir. 



martes, 16 de mayo de 2017

Anticipo



lunes, 15 de mayo de 2017

Marianella regalada




sábado, 13 de mayo de 2017

Rosencrantz y Guildenstern han muerto


por Daniel Link para Perfil



Ahora vendrán los “te lo dije”, las sonrisas sarcásticas, el saber retrospectivo. Ahora vendrán los “hay independencia de poderes”, “qué barbaridad”, “no acordamos, pero respetamos”, los “en 2013 pasó lo mismo y nadie dijo nada”. Ahora, la Sra. Fernández encontrará razones para sustraerse a la escolástica oxoniana, que había que prever hostil a todas y cada una de sus causas (penales): “hechos de suma gravedad requieren mi presencia” adujo como excusa para cancelar esa etapa de su viaje (pero no las previas).

Ahora deberemos suspender las clases, no porque la paritaria universitaria esté paralizada sino porque habrá que concurrir a las plazas, las cabezas cubiertas con pañuelos blancos, cada vez que nos lo pidan, porque sabemos que estamos en peligro.

En un instante, cualquier intento para comprender lo que de todos modos era incomprensible (la insensibilidad con la que se manejan las variables macroeconómicas; la tolerancia con la que se maneja un juego inflacionario que ni los refugiados sirios toleran sin escándalo; el endeudamiento enloquecido, como si no hubiera mañana) trastabilla en un charco de plomo derretido.

Un gobierno de derecha lo es porque sus políticas lo son. Podría maquillarse, mal que mal, el muñeco liberal para que parezca un payasito inofensivo: “no hay plata”, “productividad”, “pesada herencia”, “háganse cargo”, “ya vendrán las inversiones”, “crecemos lentamente”. Uno podría analizar cada una de esas excusas del gobierno e incluso aceptar a regañadientes la verdad de algunas de ellas aunque fuera para conciliar el sueño y no sentirse de nuevo al borde del abismo (del dinero basura, de la cesación de pagos, de la desesperanza educativa, del sálvese quién pueda).

Pero en relación con las penas a los apropiadores de niños, a los torturadores, a los que colaboraron en llevar a cabo las enloquecidas fantasías de exterminio que constituyen el capítulo más sombrío de la historia argentina, y que la Suprema Corte decidió amablemente acortar aplicando una ley transitoria y de emergencia que ya fue derogada, no hay buena voluntad ni explicación posible.

Fue este gobierno el que insistió en incorporar al número de los supremos a dos jueces (burlando todo procedimiento legal fijado a tal efecto), el Sr. Rosenkrantz y el Sr. Rosatti, quienes sumados a la Sra. de Nolasco (que permanece en la Corte también por voluntad política de este gobierno) consideraron que conforme al principio in dubio pro reo les correspondería el cómputo de la pena de la ley 24.390 (2x1) a los todos los juicios penales, incluidos los correspondientes a delitos de lesa humanidad.

Los tres jueces fundaron su asonada en la misericordia y el humanitarismo e incluso uno de ellos abrió la ventana a la interpretación trágica al señalar que “de lo contrario se correría el riesgo de recorrer el mismo camino de declive moral que se transitó en el pasado”.

El “declive moral” no es una noción ajustable a derecho ni a criterio de verdad científica. Su tratamiento ni siquiera es asunto de clérigos sino de poetas, filósofos y dramaturgos.

En Hamlet, la tragedia de Shakespeare, Rosencrantz y Guildenstern son dos informantes pagos por el gobierno para espiar a sus amigos de la Universidad y para adular al Rey Claudio. Su deshonestidad corre pareja con su incompetencia y a Hamlet, el que duda de todo, no le tiembla la mano cuando decide mandar a matarlos.

En la escena final del acto V, en medio de una orgía de muertes encadenadas, un embajador británico dice “Rosencrantz y Guildenstern han muerto”.

Lo mismo podría decirse de los personajes secundarios Rosenkrantz, Rosatti y Nolasco quienes, creyendo adular al poder, lo hunden todavía más en el callejón sin salida de lo trágico, al matar una idea de justicia que era tal vez lo único capaz de sostener a los argentinos como comunidad en el mundo.

Ayer fue Edipo (el enfrentamiento del padre y del hijo: Correos Argentinos), hoy es la truculencia isabelina de Hamlet. Alguien debería advertirle al más desapasionado gobierno del que se tenga memoria que la tragedia no es un formato que le convenga. Rodea al soberano de demasiada muerte.


miércoles, 10 de mayo de 2017

¡Otra denuncia estremecedora!

Demi Moore va a juicio por la muerte de un joven en su pileta

Mejor, así no nos olvidamos de tus hotelitos...

Cristina Kirchner, ante eurodiputados: "No me van a hacer callar así armen 80 causas"

La corte no lo hizo

por Roberto Gargarella para Anfibia

La decisión tomada por la Corte en Bignone, en torno al “caso Muiña,” y en relación con la llamada “ley del 2 x 1” amerita consideraciones de todo tipo, pero aquí voy a limitarme a tres cuestiones solamente: una, en torno a la política de la nueva Corte; otra referida a la sociología del fallo; y una tercera relacionada con los aspectos jurídicos del voto mayoritario.

La política del caso: la nueva agenda de la Corte. Antes de adentrarme en los contenidos del fallo, señalaría lo siguiente: resulta difícil de comprender y aceptar la agenda de casos que viene construyendo la Corte, en su nueva composición. Es claro que esta Corte, como cualquier otra, escoge y decide sobre los casos que quiere tratar, en el momento en que quiere hacerlo, y del modo en que quiere hacerlo. Entiendo que, en lo que hace al juzgamiento de los crímenes de lesa humanidad, en nuestro país, se habían cometido algunas injusticias procesales indebidas –algunas de ellas ya atendidas, sin mayor polémica, por esta misma Corte, como la negación de la prisión domiciliaria a los condenados por crímenes de lesa humanidad en condiciones de recibirla. Tenía sentido, si se quiere, en esta nueva etapa política, enviar la señal de que iba a evitarse el riesgo de una “justicia sesgada” o “de un solo ojo.” Tenía sentido, si se quiere, señalar que aún los conciudadanos que habían cometido las peores atrocidades iban a ser tratados con el máximo cuidado y respeto. Sin embargo, el hecho es que cuando uno mira hacia atrás y piensa sobre los primeros meses de la Corte, en su nueva composición, se encuentra ya con toda una serie de fallos (que incluyen, por ejemplo, y junto a Bignone, a otros como Villamil, Fontevecchia, o Alespeitti) que insisten sobre la necesidad de reparar ciertas injusticias en materia de derechos humanos y juzgamiento del pasado, a la vez que descuidan la catarata de injusticias sociales que acucian a millones de nuestros conciudadanos, muchas de las cuales ya han golpeado las puertas de la Corte. Siempre, pero muy en particular en contextos de grave injusticia social, y luego de un largo período de violación de derechos, se impone que la Corte asuma un papel más presente en la cuidadosa reconstrucción del tejido de libertad e igualdad constitucional hoy destruido. Dicha reconstrucción requiere, sobre todo, de un extremo esfuerzo por volver a colocar a toda la ciudadanía en un mismo piso de “igual consideración y respeto”. Ello exige, de parte de los tres poderes principales del Estado, una tarea cooperativa, especialmente destinada a rescatar a la mayoría de nuestros conciudadanos –millones de ellos- de la situación de miseria y dolor que padecen. Por lo dicho, la “nueva” agenda de la Corte resulta preocupante (y para algunos, además, decepcionante): son demasiados los casos urgentes de injusticia social que claman atención en la Corte, y respecto de los cuales la Corte no se pronuncia o da su espalda. Ello, en el mismo momento en que el máximo tribunal escoge, de entre los casos en que su atención ha sido requerida, y que tiene desplegados sobre su mesa, algunos de los casos más polémicos, más divisivos socialmente, y menos oportunos. Para que quede claro lo que digo: no se trata de no mirar ciertas injusticias, o de mirar sólo algunas. Se trata de que estamos frente a un tribunal que escoge pronunciarse en pocos casos, y que vuelve a hablar (insistentemente, agregaría) sobre ciertos temas particularmente controvertidos, y sobre los que ya se ha pronunciado, en desmedro de otras urgencias sociales a las que aparece desatendiendo, de modo sistemático.

La sociología del fallo: la forja del consenso. En su mejor versión, lo que han hecho los jueces de la mayoría es tratar de dar una respuesta a un tema difícil y postergado, relativo a las garantías procesales fijadas por nuestro derecho, y que alcanzan a los criminales de lesa humanidad. Se trata, insisto, de garantías procesales vinculadas con los derechos de algunos de los miembros más repudiados por la comunidad (y alguien podría decir entonces, con razón: las garantías están para eso, esto es decir, para resguardar aún a nuestros “peores enemigos”). Ahora bien, justamente por tratarse de un caso que involucra a uno de los hechos más atroces de la historia argentina –los crímenes cometidos por el Proceso militar- y frente al cual la sociedad argentina se muestra aún híper-sensibilizada, es que el tratamiento del mismo requería de parte de los jueces el cuidado más extremo.
El extremo cuidado exigido requería, entre muchas otras cosas, un esfuerzo destinado a persuadir a la sociedad acerca del valor y la necesidad de lo que se estaba haciendo –por ejemplo, un esfuerzo destinado a persuadirla acerca de la importancia de asegurarle aún a los “peores enemigos” un trato lo más justo posible, o acerca de la urgencia de corregir ciertos errores previos. Sin embargo, el hecho de que el fallo de la Corte no fuera unánime, como solían serlo los fallos de la Corte en casos de máxima relevancia institucional, revela un descuido o desinterés inaceptables, en relación con la envergadura del caso que tenían frente a sí. Que la votación dentro de la Corte fuera tan dividida (3 contra 2), y que los votos se hayan ordenado del modo en que lo hicieron, sugiere, no tanto la presencia de cambios en las mayorías de la Corte, sino el privilegio que han dado sus miembros a ciertas rencillas o celos internos (alguno que quiere imponer su tema de agenda; algún otro que ha tenido como primera opción la de dejar mal situados al resto; etc.) en desmedro del cumplimiento del deber institucional que tenían: contribuir a re-orientar o solidificar la conversación colectiva sobre temas públicos cruciales, sobre los que estamos lejos de tener un acuerdo pleno.
  
Los aspectos jurídicos del voto mayoritario: la técnica interpretativa utilizada. Quisiera detenerme brevemente, a continuación, en una crítica a la decisión de la mayoría de la Corte, en base a razones (no políticas, ni sociales, sino) directamente jurídicas. Pero antes de emprender dicha crítica a la decisión tomada por el tribunal, quisiera dejar en claro una crítica dirigida a la mayoría de quienes se le oponen. Según entiendo, en su mejor versión –que la tiene- el fallo quiere reivindicar ciertos compromisos liberales propios de la mejor tradición del derecho argentino, y que nos urgen a prestar atención al tratamiento que le damos a las personas que más enojo o irritación nos generan. Ello, en particular, frente a la convicción de que, por ejemplo, no es justo mantener encerrado sin condena durante más de 10 años a nadie, se trate de la peor persona de la humanidad, o se trate de un culpable por crímenes de “lesa humanidad”. Ninguna norma internacional, ningún tratado de derechos humanos acepta una barbaridad semejante, y sin embargo convivimos con ella: cerramos los ojos, y preferimos no escuchar ni leer argumentaciones sobre el tema, porque nos resultan incómodas. Se advierte este tipo de críticas en el testimonio de algunos juristas liberales, que sin duda han inspirado a los firmantes de este fallo (puede leerse una buena versión de esta postura, por ejemplo, en el testimonio de Jaime Malamud Gotti, protagonista del diseño del “juicio a las juntas” original, acá).
Dicho esto, mi problema “técnico” con el fallo, es que no deben utilizarse rebuscados subterfugios jurídicos, para garantizar los derechos de nadie. Y la (pequeña) mayoría de la Corte, que además se jacta de la importancia de construir social y colectivamente sus decisiones, recurre a tales subterfugios, y termina imponiendo su ajustadísima versión del derecho, en lugar de sostener su
decisión en base a un acuerdo sólido y básicamente indisputable. 
La disputa principal que genera el caso surge en torno a cómo entender el art. 2 del Código Penal, que reza lo siguiente: “Si la ley vigente al tiempo de cometerse el delito fuere distinta de la que exista al pronunciarse el fallo o en el tiempo intermedio, se aplicará siempre la más benigna”. Y la pregunta es si el beneficio que prevé el artículo alcanza a los criminales de “lesa humanidad” que invoquen la aplicación de una ley (la 24.390), que fue aprobada en 1994 y derogada pocos años después, en mayo del 2001. Esa ley (la del “2 x 1”) procuró atender al reclamo de los presos (comunes) sin condena firme, y determinó que el tiempo de prisión preventiva sin condena firme contara doble: cada día de prisión preventiva representaría entonces dos días de prisión (o uno de reclusión). Al respecto, es un problema es que el criminal, en este caso Muiña, alegue dicha ley como “ley más benigna” que debe aplicársele, cuando él cometió sus crímenes mucho antes de que la ley del “2 x 1” apareciera (el cometió sus crímenes en 1976), a la vez que su pena le fue impuesta mucho después de que la ley en cuestión fuera derogada (Muiña fue condenado por el Tribunal Oral en lo Criminal Federal en 2011, y su sentencia quedó firme en agosto del 2013). 

El tema tiene, por lo demás, varias complicaciones adicionales, y aquí no puedo referirme a todas ellas, por lo que sólo mencionaré a unas pocas (complicaciones que tornan al fallo inoportuno, mal construido y equivocado, pero no arbitrario). Por un lado, está la cuestión de que el citado artículo del Código Penal considera también como “ley más benigna” a las leyes vigentes en el “tiempo intermedio”, lo que genera la pregunta de si esta ley del “2 x 1,” que nació después de que Muiña cometió sus crímenes, y murió antes de que él fuera detenido y condenado, califica como “ley intermedia.” Para la Corte, a partir de una lectura –desde mi punto de vista- torpemente literalista, la respuesta es positiva, como lo es también para buena parte de la doctrina penal, que está metida en este embrollo del que no sabe cómo salir (a la doctrina tradicional le encantan esos embrollos verbales, porque lucra con sus argucias técnicas). En mi opinión, no es aceptable una lectura literal-boba como la que se propone, cuando el cómputo de la pena que se le hizo a Muiña tuvo lugar en un momento en que ya no regía dicha ley (la del “2 x 1”), siendo además que la prisión preventiva que él padeció no ocurrió antes o durante el tiempo en que dicha ley estuvo vigente (ello, más allá del hecho de que, en razón de las leyes de perdón vigentes durante el tiempo en que rigió la ley del “2 x 1,” Muiña no pudo ser sometido en esos años a un régimen de prisión preventiva como el que la ley 24.390 quiso reparar).
Como sostuve en otro lugar la norma del Código Penal sobre ley más benigna se entiende cuando la invoca alguien que llevó adelante una conducta que en el momento en que la cometió no era considerada como falta; y se entiende cuando alguien cometió una falta (considerada tal), relacionada con una conducta que luego la comunidad pasó a considerar irreprochable o perfectamente ajustada a derecho; como se entiende si alguien obtiene un beneficio sobre su detención o condena, que al poco de concedérsele se le anula (así, en el “tiempo intermedio” al que refiere el Código). Todos esos casos, amparados por el art. 2 del Código, son perfectamente comprensibles y razonables en una sociedad decente, que quiere regirse por principios liberales en materia penal, y que quiere tratar a todos sus miembros como iguales. Pero resulta irrazonable e incomprensible que, en esa misma sociedad, alguien invoque una norma que no regía cuando cometió la falta; no regía cuando fue detenido; no regía cuando fue procesado; no regía cuando fue condenado; pero rigió en unos años en donde él nunca pudo re-orientar sus actos en razón de ella, ni nunca pudo tener la expectativa razonable de que se le aplicara. ¿Con qué cara esa persona podría mirarnos a los ojos y decirnos que lo estamos tratando injustamente, cuando él actuó en relación con otras normas, y fue detenido, procesado y condenado en tiempos en donde la norma que invoca ya no formaba parte del derecho, ni –en los hechos- pudo habérsele jamás aplicado?
De todos modos, las complicaciones siguen, aunque no afecten, según entiendo, una postura como la que aquí defiendo, pero sí a posturas como las que sostienen muchos defensores de los derechos humanos acostumbrados a hacer un uso estratégico –y en mi opinión indebido o manipulativo, del derecho (que no son todos, pero sí algunos muy influyentes). Y es que, en nombre de la justa causa de los derechos humanos, ha habido en estas últimas décadas mucho “tironeo” y forzamiento de los sentidos del derecho, para comprometerlo con ficciones muy difíciles de sostener con argumentos. Se ha dicho en estos años que los crímenes de lesa humanidad “merecen un tratamiento distinto de todos los demás crímenes, porque horrorizan a la conciencia de la humanidad”, como si una violación o un abuso de menores no provocaran lo mismo, sin recibir el mismo tratamiento. Se ha dicho que los crímenes comunes y los crímenes de lesa humanidad no pueden ser homologados, escondiendo que, en lo que hace al respeto de garantías procesales elementales (insisto: no tortura; juicio justo; derecho a ser escuchados; etc.) sí son y deben ser homologados. Se ha dicho también que estamos hablando de “crímenes que pueden ser condenados aún sin ley previa, porque afectaban al derecho de gentes”, aludiendo de ese modo a un derecho que no está escrito en ningún lado, y que nadie sabe bien de qué se trata, salvo quien lo va aplicando. Se dijo también que “se trata de crímenes “permanentes” que se siguen cometiendo cada día que pasa”, como modo de justificar la imprescriptibilidad que se reconoce para todos los demás casos; etc. Muchas de tales ficciones deben ser justificadas de modo diferente y mucho más sólido -es necesario, y es posible hacerlo, en muchos casos (necesitamos dejar de camuflar con argumentos técnicos nuestras preferencias políticas). Ello así, por principios básicos de igualdad y justicia. Pero también, porque no queremos que pase lo que pasa hoy, que muchos se encuentran con que las ficciones que han alegado pasan a jugar en contra de los criterios que quieren mantener. Por ejemplo, los que sostuvieron en todo este tiempo que hablábamos en estos casos de “delitos permanentes que siempre se estaban cometiendo” –una ficción difícil de sostener- se encuentran hoy con que esa ficción que echaron a rodar los pone en problemas, porque si es así, alguien como Muiña sí puede sostener que sí tuvo la expectativa razonable de ser alcanzado por la ley del “2 x 1”: en ese caso, él, entre el 1994 y el 2001, “todavía estaba cometiendo” el crimen por el que luego sería condenado.
En definitiva, tal vez sea esta una buena oportunidad para volver a plantar el derecho (y en particular el derecho de los derechos humanos) sobre bases sólidas, sin ficciones ni engaños mutuos, y a partir de razones de igualdad y justicia que nunca debemos dejar de mirar de frente. La Corte pudo habernos ayudado en esa tarea -muy en particular enfrentada a casos como el que acaba de resolver- pero no lo ha hecho, aunque está obligada a hacerlo. 
 
 
La decisión tomada por la Corte en Bignone, en torno al “caso Muiña,” y en relación con la llamada “ley del 2 x 1”  amerita consideraciones de todo tipo, pero aquí voy a limitarme a tres cuestiones solamente: una, en torno a la política de la nueva Corte; otra referida a la sociología del fallo; y una tercera relacionada con los aspectos jurídicos del voto mayoritario. - See more at: http://www.revistaanfibia.com/ensayo/la-corte-no-lo-hizo/#sthash.jzF3NxQE.dpuf

martes, 9 de mayo de 2017

lunes, 8 de mayo de 2017

sábado, 6 de mayo de 2017

La zona gris





por Daniel Link para Soy*

... Pero si la noción (y forma de vida) “transracial” puede interesarnos es porque muestra un malestar que hoy ya casi no puede sostenerse en relación con la noción (y forma de vida) “transexual”, no tanto por imposibilidad histórica (eso ya no se piensa) sino por interdicto de discurso (eso no puede decirse porque hay quienes controlan los efectos del odio y de la intolerancia). Pero basta que apliquemos una mera permutación categorial, para que el trascendentalismo, el odio y la intolerancia se revelen con toda su fuerza bestial y reaccionaria: quien dice inscribirse en relación con un nombre (racial, genérico, nacionalitario o el que fuere) que “no le corresponde” miente, estafa, plagia, distorsiona. Hay una verdad que escapa a la soberanía sobre la propia vida. Los lugares sociales (mujer, obrero, negra, campesina, india, blanco), se nos dice, vienen dados. 




*Fe de erratas: donde se lee "interdicto de discurso" debe decir "imposibilidad histórica", y viceversa.